Aprender a Pensar

Repensar la Educación

NUEVAS PERSPECTIVAS EN EDUCACIÓN

Augusto Ibáñez

FSM

El injusto tratamiento de lo digital frente a lo analógico

escrito el 7 de Enero de 2010 por en General

 Me permito colgar esta clarificadora ilustración de Rayma, ligeramente retocada:

atom-bit


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No hablemos de propiedad intelectual, sino de remuneración justa

escrito el 7 de Enero de 2010 por en General

Interesante confrontación sobre el valor de lo digital la mantenida en el País entre Rodríguez Ibarra, ex presidente de Extremadura, y el escritor Antonio Muñoz Molina.

Rodríguez Ibarra abrió el fuego, con munición demagógica incontestable del tipo “¿por qué pagar si puede ser gratis?” basada en dos argumentos básicos:

  1. Negación de la propiedad intelectual: “Sus creaciones no surgieron de la nada, puesto que unieron dos cosas que ya existían y que, antes que ellos, alguien inventó.” “¿Cuáles son los derechos que me corresponden como autor de un escrito que es la consecuencia de la influencia de miles de escritos y reflexiones? ¿Entre cuántos tendría que repartir mis derechos de autor?”
  2. Diferenciación entre lo digital y analógico: “Me he pasado por una frutería a comprar dos kilos de naranjas; [el frutero]  me ha servido lo que le he pedido y he pagado religiosamente.”

Basta esta frase final para desarmar toda la argumentación. ¿Qué hubiera pasado si uno se marcha sin pagar los dos kilos de naranjas? Sin duda hubiera sido acusado de hurto y tildado de chorizo. ¿Por qué no se aplica lo mismo cuando se descarga una película o un libro sin pagar?

El error reside en centrar la argumentación sobre una cuestión tan sutil como la propiedad intelectual en vez de algo tan incontestable como la justa remuneración por el trabajo, que es aplicable tanto al ámbito analógico como al digital. Al equiparar ambos ámbitos en lo que tienen en común -el valor del trabajo- chirría la fórmula delirante que propone el señor Ibarra para resolver el problema de los derechos de autor, que consiste en “tomar como punto de referencia el importe de ingresos por compensación por copia privada que se ha recaudado con la legislación vigente en los últimos tres años y que esa cantidad sea garantizada por el Estado y repartida entre los creadores en función de los ingresos declarados por venta de sus obras en las respectivas declaraciones de la renta.” Estaría bien esta fórmula si se utiliza para compensar no solo a los creadores, sino también a los fontaneros, abogados, fruteros, arquitectos y, en general, a todos los profesionales autónomos y a los no funcionarios. Por ejemplo, cuando usted recurra a un fontanero o a un abogado no le pague, y que sea el Estado quien le compense en función de sus declaraciones a la renta del pasado. Pero ¿por qué no aplicó el señor Ibarra esta singular medida en sus largos largos largos años de presidencia extremeña? ¿O es un simple juego dialéctico para provocar desde su sillón de jubilado?

Precisamente este reenfoque de la propiedad intelectual desde el trabajo conecta con el artículo de Muñoz Molina. No comparto su forma, que roza la descalificación, pero sí su tesis final:

“No hay nada valioso que no sea fruto del trabajo de alguien. El señor Rodríguez Ibarra duda de que el derecho a la propiedad intelectual sea de izquierdas. Cabría preguntarle si, como socialista, considera que el trabajo merece o no ser remunerado con justicia.”


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Iconoclastas selectivos en las aulas

escrito el 11 de Diciembre de 2009 por en General

En las paredes de mi estudio cuelga, desde hace años, un gran retrato de Einstein, cerca de un óscar de plástico. No tengo una especial predilección por este físico, pero es un gran icono de la ciencia y por eso me lo regalaron. Tampoco soy aficionado al mundo de Hollywood, pero la inscripción de la base del óscar -“al mejor profesor”- justifica su presencia en la estantería.

A todos nos gusta rodearnos de iconos, e incluso llevarlos encima. Para algunos de nuestros alumnos son iconos las marcas que lucen en su ropa, y también lo son para los adultos que buscan esas marcas en objetos falsificados (camisas, relojes, bolsos…), valorando más la magia del logo que la calidad del propio objeto. Cuando grabábamos vídeos de experimentos con escolares, teníamos que advertir a los alumnos que dejaran en casa su camiseta favorita, porque de lo contrario era inevitable que la atención de la escena grabada se la llevara la calva de Homer Simpson, la silueta del Ché o el gran rótulo de Adidas. Iconos y más iconos.

camisetas

Quizá por eso hemos desarrollado una gran tolerancia a los iconos, tanta que suelen pasarnos desapercibidos. De ahí que me resulte tan fuera de lugar el debate sobre los crucifijos en los colegios. ¿Por qué molesta este icono y no los otros? ¿Levantaría protestas similares una foto de Einstein? ¿Y una de Gandhi? ¿Por qué molesta el icono del mayor pacifista de la historia? Los propios musulmanes tienen en Jesús a uno de sus grandes profetas. ¿A quién molesta entonces?

No es que defienda que se llenen las clases de crucifijos pero, con la que está cayendo, me parece ridículo perder energías en un debate tan sesgado. No me hablen de crucifijos sino de la escasez de dotaciones para laboratorios, de la necesidad de desdobles, de la insuficiencia de profesores de apoyo. Porque una vez que retiremos los crucifijos, ¿vamos a obligar a los alumnos de los centros públicos a ir uniformados para evitar que lleven camisetas de Simpson o de Guevara? Y en ese caso, ¿vamos a vigilar que no luzcan el cocodrilo su uniforme o que las deportivas no sean de marca?

Es grotesco dedicar nuestra energía a esta polémica en lugar de concentrar todo el esfuerzo en reducir el fracaso escolar y en elevar la calidad del sistema público. ¿Será que los políticos no ven los verdaderos problemas o es que no quieren que los veamos los demás? Solo así puedo entender esta manía de crear cortinas de humo para desviar la atención de lo que realmente importa.


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