Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Augusto Ibáñez

FSM

¡Que vuelve la reválida!

El Gobierno comunicó su intención de instaurar una especie de reválida – parece que este nombre no gusta al ministro- al final de todas las etapas educativas, es decir, exámenes nacionales externos que han de pasar todos los alumnos para poder continuar estudiando. Según Educación estas pruebas externas servirán, entre otras cosas, para diagnosticar los resultados de los centros y poder establecer así planes de mejora.

Los exámenes externos permiten un control público de la educación, lo que evitará las opiniones interesadas sobre el supuesto regalo/compra de notas en centros privados y concertados. Aportan transparencia y ayuda a pedir responsabilidades a centros y a administraciones. La selectividad ya venía aportando este control universal externo, con su doble cometido de marcar estándares y servir de paso a la universidad. Este segundo objetivo ha perdido gran parte de su vigencia, porque son muchas las carreras que no necesitas notas de corte más allá del aprobado. Por tanto, parece razonable separar el objetivo de prueba universal -que asumiría la reválida- del objetivo de prueba de acceso, que quedaría a la discreción de las facultades que necesiten responder a un exceso de demanda.

Fuera de este aspecto de control público que aportan las reválidas, todo lo demás son inconvenientes. Por un lado, el modelo de prueba externa condicionará la forma de trabajo en el aula de los cursos previos. Si la prueba se hace, como parece, sobre contenidos específicos de materias instrumentales, los centros que orienten su metodología hacia tendencias más innovadoras deberán replegar todo su repertorio de metodologías -paletas de inteligencias múltiples, proyectos de comprensión, desarrollo de competencia digital…- para salir bien situados en la foto final de la prueba. La evaluación es lo que más condiciona todo el desarrollo educativo. Si se quiere que los profesores usen el ordenador en la clase de matemáticas, basta con incluir una prueba sobre Geogebra o Derive en las PAU, y todos los docentes de bachillerato serán expertos en estos programas en pocos meses. Porque en contra de lo que malévolamente se insinúa repetidamente en muchos medios, los profesores buscan, ante todo, el éxito de sus alumnos, y si el éxito exige manejar el ordenador, les enseñarán a manejarlo.

Otro inconveniente serio es que el alumno no pueda continuar si suspende la prueba. Si esto le ocurre a un alumno de primaria, por ejemplo, deberá repetir 6ºsi no ha repetido antes ningún curso. Si ya ha repetido antes, podrá pasar a secundaria con una prescripción de apoyo escolar. Este es un aspecto polémico, porque la repetición de curso es una solución cara y muy ineficiente, y además, no está nada claro de dónde saldrán los recursos para el apoyo escolar. Pero el mayor problema viene de la selección del alumnado: quedarán fuera, como ya ocurría en el pasado, todos aquellos alumnos cuyo perfil intelectual no corresponda al lingüístico-matemático que priorizan las pruebas.

Sé bien de lo que hablo, porque tengo el dudoso honor de pertenecer a la última promoción que pasó por las reválidas de bachillerato elemental y de bachillerato superior, y la primera que se tuvo que enfrentar al examen de la Selectividad. Fue una etapa en la que la selección de alumnos era una práctica habitual, creando clases muy homogéneas y de alto rendimiento en lo estrictamente académico, pero dejando fuera a una inmensidad de alumnos con talento, aunque con algunas dificultades en las áreas instrumentales, por cierto, priorizadas por la nueva reforma.

Pensando en muchos de mis antiguos compañeros, recuerdo este proceso como una dramática selección del alumnado, una auténtica sangría de talento potencial. Primero fue el examen de Ingreso, a los diez años, necesario para acceder al bachillerato elemental. Esto ya dejaba fuera a un grupo importante de alumnos que deberían continuar en la escuela primaria hasta los catorce años u optar por la Maestría Industrial, germen de la actual Formación Profesional. Después, a los catorce años, tuvimos que enfrentarnos al examen de reválida de bachillerato elemental. Era un examen complicado, de los cuatro cursos anteriores, y había que superarlo para poder acceder al bachillerato superior. Por si la selección fuera poca, al acabar sexto de bachillerato había que superar una nueva reválida (la de bachillerato superior) para acceder al Preu o, en mi caso, al COU. Según dice
Espero que nuestros políticos sepan analizar y aprovechar las lecciones del pasado para no repetir los mismos errores. Necesitamos avanzar en la senda de la excelencia educativa, pero sin perder las cotas de equidad que ha alcanzado nuestro sistema.

“Para que la selección sea justa, todos harán el mismo examen: por favor, trepen a ese árbol.”



escrito el 10 de julio de 2012 por en General

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