Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Augusto Ibáñez

FSM

Beckett en estado puro… y duro

De entrada, ante una obra que se llama “Fin de partida”, es fácil imaginar una cierta contradicción existencial, pero si te añaden que es una obra “muy personal” de Samuel Beckett, no puedes anticipar nada; solo prepararte para lo que venga.

Y, desde luego, hay que estar preparado. La obra gira en torno al mal, al sufrimiento y a un siniestro “refuerzo destructivo” entre ambos. Y todo en ella contribuye a crear una atmósfera espesa e inquietante, sin espacio para la ilusión, la compasión o la esperanza.

El mal se encarna en un personaje siniestro, Hamm, que alimenta de odio su soledad en  “the day after” de un mundo presuntamente destruido por una catástrofe. Su ceguera y su invalidez no impiden que traslade sufrimiento a todo lo que le rodea, incluso al hijo adoptado, Clov, de quien depende para sobrevivir.

Hamm se ensaña con Clov, a quien maneja como un títere o como un esclavo y a quien convierte en brazo ejecutor de su maldad, pero también se ensaña con sus progenitores, encerrados entre harapos en jaulas (o féretros) en sendos nichos del frío sótano, convertido en sórdido mortuorio.

“¿Por tuviste que engendrarme?”, pregunta con desprecio Hamm a su padre, cuando este le implora por algo de comida. “¿Por qué te engendré? Porque no sabía que nacerías tú”, responde el padre, helado y hambriento.

La soledad y el sufrimiento de Hamm alimenta un círculo destructivo contra quienes lo trajeron al mundo, y otro círculo, no menos destructivo, contra el hijo que adoptó y al que ha convertido en sicario de su programa de destrucción. El resultado es un vacío asfixiante, un sufrimiento que rebasa lo físico, una agonía del alma, una angustia existencial que solo al final de la obra se abre a la esperanza, cuando Hamm libera a Clov de esa dependencia enfermiza. “Ya no te necesito, ¡márchate!”, ordena al hijo títere, asumiendo una muerte segura y terrible en soledad. ¿Guardaría el monstruo algo de amor, que nunca antes supo expresar?

Lo cierto es que las dos horas largas de representación te sumergen en una atmósfera espesa, lenta y angustiosa, y consiguen que al recuperar de nuevo la calle pienses que vuelves de una penosa excursión por el abismo, el lado oscuro de cada uno de nosotros. 

José Luis Gómez, en el difícil papel de Hamm, borda la actuación.



escrito el 25 de Abril de 2010 por en General

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