Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Augusto Ibáñez

FSM

Algo grave pasa en el campus

Esta mañana, de paso por la Ciudad Universitaria de Madrid, me ha sorprendido ver, pasadas las nueve de la mañana, una inmensa cola de estudiantes que serpenteaba junto a la biblioteca de Historia. Será, pensé, una de esas pruebas de acceso a la administración pública que moviliza a decenas de miles de opositores. Pero no, esa masa de estudiantes aspiraba, simplemente, a encontrar un puesto en la biblioteca, un simple espacio para preparar sus exámenes. La larga cola venía porque la universidad, la mayor de España y una de las mayores de Europa, había decidido, quizá para que la única dificultad no fuera el propio examen, cerrar todas las bibliotecas de todas las facultades, salvo una, en período no lectivo. De ahí que decenas y decenas de estudiantes tuvieran que montar guardia ante la biblioteca de Historia, la única abierta en la inmensa Ciudad Universitaria, aguantando bajo la mañana gélida la apertura de puertas a las 10 de la mañana.

Claro que no será esta la única arbitrariedad a la que deberán someterse. La desorbitada demanda por un pequeño espacio en la mesa de estudio “justifica” el despotismo de los vigilantes, que retiran sin miramientos los libros de quienes se ausentan de su puesto algo más de lo que estiman necesario. De modo que los alumnos deben proteger, ante ese celo chulesco, las pertenencias de sus compañeros mientras acuden al baño o apuran un cigarrillo en la entrada. Francamente, estas escenas me traen recuerdos de otros tiempos, cuando los estudiantes mirábamos con terror a los “sociales” que supervisaban el campus durante los estertores finales del franquismo.

¿Quién, con los tiempos que corren, puede haber decidido limitar el acceso a los lugares de estudio? ¿Es un ataque de cretinismo o una clara demostración de la escasez de las autoridades académicas? Pues de todo un poco, porque el cierre de los lugares de estudio forma parte de ¡un plan de ahorro! Y no niego que lo sea -la luz, la calefacción, los turnos de los vigilantes…- pero, ¿es la medida más eficiente para atrapar a esa huidiza excelencia universitaria que se aleja de nosotros, encuesta tras encuesta, en todos los baremos internacionales?

Y otra vuelta de tuerca. Como para entrenar a los sufridos estudiantes en la dureza extrema de un futuro laboral precario, la medida del cierre de bibliotecas coincide con la sustitución del alumbrado del campus. Así, junto a las tradicionales farolas de sodio crecen, como setitas enclenques, las nuevas farolas de LED. Supongo que una simple sustitución de una luminaria por otra es algo inadecuado, por lo habrá una clara explicación técnica para cambiar todo, luminaria y poste. Prefiero creer que es así. Lo que me gustaría entender es cómo se explica que tan enorme despliegue de farolas mantenga en la más absoluta oscuridad, desde hace meses, zonas amplias del campus, entre ellas -¿lo adivinan?- los accesos a la única biblioteca abierta. ¿Ineptitud, desidia o perfecta metáfora del sistema universitario? Tanto da; pero mientras los claustros se dejan la piel en la salvaguardia de sus espacios de poder, los estudiantes deben seguir esperando a que se formen pequeños grupos antes de atreverse a recorrer el kilómetro largo de oscuridad en dirección al metro.

¡Cuánta incompetencia! Una universidad tan necesitada de promover la excelencia no puede poner todo su foco en el ahorro. Y si lo hace, ¿por qué no empieza por prescindir de ese ejército de docentes nefastos, fruto de la peor endogamia, de cuyas clases huyen los alumnos como de la peste? Atrévanse: abran las puertas de las bibliotecas y cierren las clases de esos profesores, auténtica rémora de nuestro sistema universitario.



escrito el 7 de Febrero de 2010 por en General


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