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Repensar la Educación

NUEVAS PERSPECTIVAS EN EDUCACIÓN

Augusto Ibáñez

FSM

Beckett en estado puro… y duro

escrito el 25 de Abril de 2010 por ariadna en General

De entrada, ante una obra que se llama “Fin de partida”, es fácil imaginar una cierta contradicción existencial, pero si te añaden que es una obra “muy personal” de Samuel Beckett, no puedes anticipar nada; solo prepararte para lo que venga.

Y, desde luego, hay que estar preparado. La obra gira en torno al mal, al sufrimiento y a un siniestro “refuerzo destructivo” entre ambos. Y todo en ella contribuye a crear una atmósfera espesa e inquietante, sin espacio para la ilusión, la compasión o la esperanza.

El mal se encarna en un personaje siniestro, Hamm, que alimenta de odio su soledad en  “the day after” de un mundo presuntamente destruido por una catástrofe. Su ceguera y su invalidez no impiden que traslade sufrimiento a todo lo que le rodea, incluso al hijo adoptado, Clov, de quien depende para sobrevivir.

Hamm se ensaña con Clov, a quien maneja como un títere o como un esclavo y a quien convierte en brazo ejecutor de su maldad, pero también se ensaña con sus progenitores, encerrados entre harapos en jaulas (o féretros) en sendos nichos del frío sótano, convertido en sórdido mortuorio.

“¿Por tuviste que engendrarme?”, pregunta con desprecio Hamm a su padre, cuando este le implora por algo de comida. “¿Por qué te engendré? Porque no sabía que nacerías tú”, responde el padre, helado y hambriento.

La soledad y el sufrimiento de Hamm alimenta un círculo destructivo contra quienes lo trajeron al mundo, y otro círculo, no menos destructivo, contra el hijo que adoptó y al que ha convertido en sicario de su programa de destrucción. El resultado es un vacío asfixiante, un sufrimiento que rebasa lo físico, una agonía del alma, una angustia existencial que solo al final de la obra se abre a la esperanza, cuando Hamm libera a Clov de esa dependencia enfermiza. “Ya no te necesito, ¡márchate!”, ordena al hijo títere, asumiendo una muerte segura y terrible en soledad. ¿Guardaría el monstruo algo de amor, que nunca antes supo expresar?

Lo cierto es que las dos horas largas de representación te sumergen en una atmósfera espesa, lenta y angustiosa, y consiguen que al recuperar de nuevo la calle pienses que vuelves de una penosa excursión por el abismo, el lado oscuro de cada uno de nosotros. 

José Luis Gómez, en el difícil papel de Hamm, borda la actuación.


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Arte, de Yasmina Reza

escrito el 29 de Marzo de 2010 por ariadna en General

El pasado sábado me decidí a ver Arte, obra de la que había oído cosas tan lapidarias -del tipo “la obra de autor vivo más representado en la historia del teatro mundial”- que me resistía un poco (el Guinness llevado al mundo de la cultura da mucha pereza). Y por un momento me arrepentí de la decisión, al comprobar que el público que llenaba la sala rompía en carcajadas ya en el instante cero, justo cuando el personaje más racional -Marcos- iniciaba su monólogo.

Esa risa desmedida fue, sin duda, lo peor de la noche. La autora, Yasmina Reza, ha creado un argumento intenso y creciente, despojado de todo distractor escenográfico, pero difícilmente pudo prever la intervención de un público que, azuzado por la vis cómica de los actores, riera sin parar con o sin motivo aparente. Y lo peor es que algún actor sucumbió a la presión ambiental y trató de avivar las risas con pequeñas sobreactuaciones, exactamente lo más inapropiado para una trama centrada en lo esencial y de estética minimalista. Pero dejando a un lado la aportación espontánea del público y ese histrionismo innecesario, la obra me pareció intensa en su sencillez.

A las personas nos encantan los estereotipos, y los personajes de esta obra lo son en estado puro; fórmulas listas para usar: Marcos, un ingeniero lúcido, hiperracional y crítico hasta la aspereza; Sergio, un esnob -“hombre de su época”, en sus propias palabras- obsesionado por la modernidad, la moda y las tendencias hasta el punto de arriesgar su patrimonio, e Iván, un superviviente refugiado bajo un cómodo disfraz de pusilánime, cuya principal habilidad es eludir cualquier conflicto y amoldarse como una ameba a toda circunstancia.

Mientras los personajes iban desvelando su compleja personalidad, era inevitable ir encajando a amigos y conocidos en los estereotipos que presentaban, porque nada ofrece más seguridad que etiquetar a alguien y catalogarlo en nuestro archivador: Fulano es como Sergio y Mengano es clavado a Iván. Pero a pesar de las risas facilonas, provocadas seguramente por esa sensación de superioridad que da ver etiquetado al otro, pronto empecé a medirme yo mismo frente a los estereotipos representados, y descubrí que esto ya no era tan sencillo. A ratos yo era Marcos: ácido, antitético, asertivo y aplastante en su lógica racional. Otras veces me descubría en el papel de Sergio, corriendo tras el tren de la modernidad sin meditar dónde querría que me llevara; e incluso, me veía en el escurridizo Iván, bordeando obstáculos y actuando de bisagra entre mundos irreconciliables.

Pronto descubrí que los estereotipos representados no eran tres modelos de clasificación, sino tres mundos que luchan sin cuartel dentro de cada uno de nosotros, logrando un liderazgo dinámico y efímero, en transición permanente. En cada uno de nosotros luchan a muerte un técnico y un creativo, y media entre ellos un ser camaleónico, con instinto de supervivencia, para evitar que se destruyan entre sí. Somos, por tanto, personajes en cambio permanente, con muchas más incoherencias de las que nos confesamos. Pero también son así todas las personas que tendemos a encasillar en nuestra biblioteca de estereotipos. Son, como nosotros mismos, el resultado de una competición interna entre la razón y la emoción, la ciencia y el misterio, lo concreto y lo trascendente.

Por tanto, nada más reduccionista y estúpido que un estereotipo. Etiquetar una realidad en permanente cambio es, además de absurdo, el camino más directo para engañarnos a nosotros mismos.


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Algo grave pasa en el campus

escrito el 7 de Febrero de 2010 por ariadna en General

Esta mañana, de paso por la Ciudad Universitaria de Madrid, me ha sorprendido ver, pasadas las nueve de la mañana, una inmensa cola de estudiantes que serpenteaba junto a la biblioteca de Historia. Será, pensé, una de esas pruebas de acceso a la administración pública que moviliza a decenas de miles de opositores. Pero no, esa masa de estudiantes aspiraba, simplemente, a encontrar un puesto en la biblioteca, un simple espacio para preparar sus exámenes. La larga cola venía porque la universidad, la mayor de España y una de las mayores de Europa, había decidido, quizá para que la única dificultad no fuera el propio examen, cerrar todas las bibliotecas de todas las facultades, salvo una, en período no lectivo. De ahí que decenas y decenas de estudiantes tuvieran que montar guardia ante la biblioteca de Historia, la única abierta en la inmensa Ciudad Universitaria, aguantando bajo la mañana gélida la apertura de puertas a las 10 de la mañana.

Claro que no será esta la única arbitrariedad a la que deberán someterse. La desorbitada demanda por un pequeño espacio en la mesa de estudio “justifica” el despotismo de los vigilantes, que retiran sin miramientos los libros de quienes se ausentan de su puesto algo más de lo que estiman necesario. De modo que los alumnos deben proteger, ante ese celo chulesco, las pertenencias de sus compañeros mientras acuden al baño o apuran un cigarrillo en la entrada. Francamente, estas escenas me traen recuerdos de otros tiempos, cuando los estudiantes mirábamos con terror a los “sociales” que supervisaban el campus durante los estertores finales del franquismo.

¿Quién, con los tiempos que corren, puede haber decidido limitar el acceso a los lugares de estudio? ¿Es un ataque de cretinismo o una clara demostración de la escasez de las autoridades académicas? Pues de todo un poco, porque el cierre de los lugares de estudio forma parte de ¡un plan de ahorro! Y no niego que lo sea -la luz, la calefacción, los turnos de los vigilantes…- pero, ¿es la medida más eficiente para atrapar a esa huidiza excelencia universitaria que se aleja de nosotros, encuesta tras encuesta, en todos los baremos internacionales?

Y otra vuelta de tuerca. Como para entrenar a los sufridos estudiantes en la dureza extrema de un futuro laboral precario, la medida del cierre de bibliotecas coincide con la sustitución del alumbrado del campus. Así, junto a las tradicionales farolas de sodio crecen, como setitas enclenques, las nuevas farolas de LED. Supongo que una simple sustitución de una luminaria por otra es algo inadecuado, por lo habrá una clara explicación técnica para cambiar todo, luminaria y poste. Prefiero creer que es así. Lo que me gustaría entender es cómo se explica que tan enorme despliegue de farolas mantenga en la más absoluta oscuridad, desde hace meses, zonas amplias del campus, entre ellas -¿lo adivinan?- los accesos a la única biblioteca abierta. ¿Ineptitud, desidia o perfecta metáfora del sistema universitario? Tanto da; pero mientras los claustros se dejan la piel en la salvaguardia de sus espacios de poder, los estudiantes deben seguir esperando a que se formen pequeños grupos antes de atreverse a recorrer el kilómetro largo de oscuridad en dirección al metro.

¡Cuánta incompetencia! Una universidad tan necesitada de promover la excelencia no puede poner todo su foco en el ahorro. Y si lo hace, ¿por qué no empieza por prescindir de ese ejército de docentes nefastos, fruto de la peor endogamia, de cuyas clases huyen los alumnos como de la peste? Atrévanse: abran las puertas de las bibliotecas y cierren las clases de esos profesores, auténtica rémora de nuestro sistema universitario.


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Hace falta más discriminación positiva en matemáticas y ciencias

escrito el 15 de Enero de 2010 por ariadna en General

Las “cajas rojas” de la reforma LOGSE, repletas de orientaciones pedagógicas y metodológicas, advertían de la necesidad de evitar la discriminación de las niñas en las clases de matemáticas y ciencias. Recuerdo que esta advertencia me pareció tan extravagante que me puse a buscar alguna justificación lógica, y no me costó mucho encontrarla. Eran pequeños detalles, pero a pesar de que el profesorado era mayoritariamente femenino, descubrí una asimetría favorable a los alumnos varones. Por ejemplo, al asignar un sobresaliente a un alumno en una evaluación que yo dirigía como tutor, el comentario fue. “Es muy inteligente”. Pero cuando el sobresaliente fue para una alumna, el comentario cambió: “Es muy trabajadora”. Y no fue algo casual. Los atributos constante, esforzado, tenaz eran habitualmente asignados a las chicas, y los de brillante, original, creativo eran para los chicos. Así que por pura y simple aplicación del Efecto Pigmalión, las chicas llevaban claramente las de perder.

Con el tiempo, los manuales escolares se han ido llenando de mujeres piloto, cirujanas, astrónomas e ingenieras y de hombres recepcionistas, maestros, enfermeros y bibliotecarios. Pero no parece suficiente. Un estudio reciente -Beyond Bias y and Barriers: Fulfilling the Potential of Women in Academic Science and Engineering- ha vuelto a recordar que los estereotipos sociales condicionan el rendimiento académico de las mujeres en las áreas científico-técnicas y alimentan su rechazo hacia carreras de matemáticas, físicas o ingenierías. Según el estudio, de The National Academies,  los estereotipos negativos hacen que los profesores, subconscientemente, tiendan a infravalorar a las chicas en estas áreas y a sobrevalorar a sus compañeros varones, lo que lleva a una reducción de las expectativas en las chicas y a reducir su nivel de rendimiento.

¿Y cuál es el impacto de subestimar las competencias de las chicas? Para averiguarlo, los investigadores seleccionaron a 200 mujeres con grandes dotes para las matemáticas y formaron dos subgrupos. Al primero le informaron de su participación en una investigación sobre su rendimiento en matemáticas, y al segundo, por el contrario, le dijeron que iban a investigar por qué los hombres eran superiores en matemáticas a las mujeres. El resultado fue “de libro”: el primer subgrupo superó su nivel de rendimiento inicial en, aproximadamente, un 10%, mientras que el segundo bajó un 10 %.

Es decir, que si queremos estimular la aportación de las mujeres en los ámbitos científicos y técnicos habrá que hacer mucha discriminación positiva desde las aulas, los libros y los medios. Hay que construir, entre todos, el mensaje de que “la ciencia es cosa de chicas”.


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El injusto tratamiento de lo digital frente a lo analógico

escrito el 7 de Enero de 2010 por ariadna en General

 Me permito colgar esta clarificadora ilustración de Rayma, ligeramente retocada:

atom-bit


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No hablemos de propiedad intelectual, sino de remuneración justa

escrito el 7 de Enero de 2010 por ariadna en General

Interesante confrontación sobre el valor de lo digital la mantenida en el País entre Rodríguez Ibarra, ex presidente de Extremadura, y el escritor Antonio Muñoz Molina.

Rodríguez Ibarra abrió el fuego, con munición demagógica incontestable del tipo “¿por qué pagar si puede ser gratis?” basada en dos argumentos básicos:

  1. Negación de la propiedad intelectual: “Sus creaciones no surgieron de la nada, puesto que unieron dos cosas que ya existían y que, antes que ellos, alguien inventó.” “¿Cuáles son los derechos que me corresponden como autor de un escrito que es la consecuencia de la influencia de miles de escritos y reflexiones? ¿Entre cuántos tendría que repartir mis derechos de autor?”
  2. Diferenciación entre lo digital y analógico: “Me he pasado por una frutería a comprar dos kilos de naranjas; [el frutero]  me ha servido lo que le he pedido y he pagado religiosamente.”

Basta esta frase final para desarmar toda la argumentación. ¿Qué hubiera pasado si uno se marcha sin pagar los dos kilos de naranjas? Sin duda hubiera sido acusado de hurto y tildado de chorizo. ¿Por qué no se aplica lo mismo cuando se descarga una película o un libro sin pagar?

El error reside en centrar la argumentación sobre una cuestión tan sutil como la propiedad intelectual en vez de algo tan incontestable como la justa remuneración por el trabajo, que es aplicable tanto al ámbito analógico como al digital. Al equiparar ambos ámbitos en lo que tienen en común -el valor del trabajo- chirría la fórmula delirante que propone el señor Ibarra para resolver el problema de los derechos de autor, que consiste en “tomar como punto de referencia el importe de ingresos por compensación por copia privada que se ha recaudado con la legislación vigente en los últimos tres años y que esa cantidad sea garantizada por el Estado y repartida entre los creadores en función de los ingresos declarados por venta de sus obras en las respectivas declaraciones de la renta.” Estaría bien esta fórmula si se utiliza para compensar no solo a los creadores, sino también a los fontaneros, abogados, fruteros, arquitectos y, en general, a todos los profesionales autónomos y a los no funcionarios. Por ejemplo, cuando usted recurra a un fontanero o a un abogado no le pague, y que sea el Estado quien le compense en función de sus declaraciones a la renta del pasado. Pero ¿por qué no aplicó el señor Ibarra esta singular medida en sus largos largos largos años de presidencia extremeña? ¿O es un simple juego dialéctico para provocar desde su sillón de jubilado?

Precisamente este reenfoque de la propiedad intelectual desde el trabajo conecta con el artículo de Muñoz Molina. No comparto su forma, que roza la descalificación, pero sí su tesis final:

“No hay nada valioso que no sea fruto del trabajo de alguien. El señor Rodríguez Ibarra duda de que el derecho a la propiedad intelectual sea de izquierdas. Cabría preguntarle si, como socialista, considera que el trabajo merece o no ser remunerado con justicia.”


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Iconoclastas selectivos en las aulas

escrito el 11 de Diciembre de 2009 por ariadna en General

En las paredes de mi estudio cuelga, desde hace años, un gran retrato de Einstein, cerca de un óscar de plástico. No tengo una especial predilección por este físico, pero es un gran icono de la ciencia y por eso me lo regalaron. Tampoco soy aficionado al mundo de Hollywood, pero la inscripción de la base del óscar -“al mejor profesor”- justifica su presencia en la estantería.

A todos nos gusta rodearnos de iconos, e incluso llevarlos encima. Para algunos de nuestros alumnos son iconos las marcas que lucen en su ropa, y también lo son para los adultos que buscan esas marcas en objetos falsificados (camisas, relojes, bolsos…), valorando más la magia del logo que la calidad del propio objeto. Cuando grabábamos vídeos de experimentos con escolares, teníamos que advertir a los alumnos que dejaran en casa su camiseta favorita, porque de lo contrario era inevitable que la atención de la escena grabada se la llevara la calva de Homer Simpson, la silueta del Ché o el gran rótulo de Adidas. Iconos y más iconos.

camisetas

Quizá por eso hemos desarrollado una gran tolerancia a los iconos, tanta que suelen pasarnos desapercibidos. De ahí que me resulte tan fuera de lugar el debate sobre los crucifijos en los colegios. ¿Por qué molesta este icono y no los otros? ¿Levantaría protestas similares una foto de Einstein? ¿Y una de Gandhi? ¿Por qué molesta el icono del mayor pacifista de la historia? Los propios musulmanes tienen en Jesús a uno de sus grandes profetas. ¿A quién molesta entonces?

No es que defienda que se llenen las clases de crucifijos pero, con la que está cayendo, me parece ridículo perder energías en un debate tan sesgado. No me hablen de crucifijos sino de la escasez de dotaciones para laboratorios, de la necesidad de desdobles, de la insuficiencia de profesores de apoyo. Porque una vez que retiremos los crucifijos, ¿vamos a obligar a los alumnos de los centros públicos a ir uniformados para evitar que lleven camisetas de Simpson o de Guevara? Y en ese caso, ¿vamos a vigilar que no luzcan el cocodrilo su uniforme o que las deportivas no sean de marca?

Es grotesco dedicar nuestra energía a esta polémica en lugar de concentrar todo el esfuerzo en reducir el fracaso escolar y en elevar la calidad del sistema público. ¿Será que los políticos no ven los verdaderos problemas o es que no quieren que los veamos los demás? Solo así puedo entender esta manía de crear cortinas de humo para desviar la atención de lo que realmente importa.


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